Texto: Ana Arias
Imagen: Pablo David Sánchez
Mambrú miró a través de la ventana y con un susto enorme vio que, del otro lado del vidrio, todo era nuevo y desconocido. Cinco personas lo miraban atentamente, y algunos golpeaban de vez en cuando el vidrio, aunque con suavidad, para llamar su atención. Como tenía mucho miedo, buscó refugio en un rincón, trató de hacerse chiquito, y allí se quedó muy quieto. Recordó entonces la casa donde había nacido y vivido durante un tiempo, hasta que lo llevaron a este nuevo hogar. Aquella casa era grande y la compartía con muchos primos y hermanos, por eso, además del temor, sintió tristeza porque extrañaba a sus familiares.
Las horas fueron pasando y las personas de afuera se alejaron de la ventana y dejaron de mirarlo. Entonces se tranquilizó y empezó a sentir hambre y justo cuando la panza ya le hacía ruido porque estaba vacía, la más pequeña de las cinco personas se acercó otra vez a la ventana. Mambrú vio como sacaba su comida favorita de una bolsa y diciendo palabras que no entendía pero sonaban bien, le sirvió una buena porción. Tardó en acercarse a la comida porque estaba inseguro, pero, al ratito nomás, se puso a comer con gran apetito.
Y así comenzaron a pasar los días y Mambrú se fue acostumbrando a la nueva casa y a las nuevas personas que lo cuidaban. La temperatura de su habitación estaba bien, la comida era buena, a veces había demasiado ruido, pero en general no podía quejarse.
Una mañana, cuando se desplazaba tranquilamente de una pared a la otra para hacer ejercicio, sintió una rara vibración y vio una sombra que se acercaba a gran velocidad. Mambrú se detuvo, se dio vuelta muy despacio y se encontró frente a un salvaje par de ojos que lo observaban desde atrás del vidrio. De pronto, una garra peluda y afilada se acercó a su cuerpo y ni siquiera pudo intentar huir porque estaba paralizado de terror. Justo cuando parecía que todo iba a acabar, se escuchó un grito, alguien se aproximó a la terrible fiera, la levantó por el aire y la alejó de su casa.
Durante una semana no pudo dormir tranquilo, pero de a poco se fue olvidando del espantoso encuentro. En los días siguientes, la fiera reapareció a veces, pero llevada en brazos por alguna persona. Entonces, el monstruo peludo parecía dulce e inofensivo.
La tranquilidad, la buena comida y las palabras suaves le daban momentos de alegría, pero no era feliz. Estaba demasiado solo y no tenía con quien jugar. Por eso se quedaba inmóvil en un rincón, durante horas, pensando en sus parientes.
Era una tarde de invierno cuando todo cambió. De repente, un primo muy lejano apareció de sorpresa en su casa. El pobre no entendía nada, estaba como Mambrú el primer día, después de la mudanza. Asustado, buscó una esquina para refugiarse y mientras las cinco personas miraban desde el otro lado del vidrio, Mambrú se le acercó para saludarlo. Por fin ya no estaba solo y compartía su casa con otro pececito.
Tomado de: http://www.educared.org.ar/enfoco/imaginaria/biblioteca/?p=2541
Gracias por escribir en el blog, Évelin.
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Un fuerte abrazo para ti y todos los niños y niñas de cuarto año.
Ely
Buenas noches Licenciada Elizabeth el texto que lei me parecio muy importante ya que me comovio la historia de Mambru trite y solo.
Es una buena historia en donde nos damos cuenta que un pececito como el niño no pueden estar solos necesitan de un hermano, amigo en donde puedan jugar como es el Centro Infantil aunque tienen mucho miedo al inicio la maestra poco a poco va ingresandolo al grupo de amigos.

LOS PEQUEÑOS AL INGRESAR AL PRE KINDER SIENTEN MIEDO Y TEMEN A LA NUEVA EXPERIENCIA A LA CUAL TIENEN QUE ENFRENTARSE, ESTA EN NOSOTROS COMO BUENAS DOCENTES EL DARLES CARIÑO Y BUEN TRATO, EL HACERLES SENTIRSE COMO EN CASA, ADAPTANDOLES DE UNA MANERA DIVERTIDA A NOSOTROS Y A SU NUEVO AMBIENTE CON ENSEÑANZAS LUDICAS Y LECTURAS FABULOSAS.