miércoles, 08 de junio de 2011
Publicado por aprendiendoconely @ 11:27  | Lenguaje
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GrifoHermanos Grimm

Érase  una vez un Rey, pero nunca he sabido dónde reinó ni cómo se llamaba. No tenía  hijos varones y su única hija estaba siempre enferma, sin que ningún médico  acertara a curarla. Profetizaron al Rey que la princesa sanaría comiendo  manzanas, y el monarca mandó pregonar por todo el reino que quien le  proporcionara manzanas que curasen a la princesa, se casaría con ella. Oyó el  pregón un campesino que tenía tres hijos, y dijo al mayor:
—Sube  al granero, llena una cesta con las manzanas más hermosas, de piel bien  colorada, y llévalas a la corte; quizá la princesa se cure comiéndolas, y así  te casarás con ella y serás rey.

Obedeció  el muchacho y se puso en camino. Había andado un trecho cuando se encontró con  un hombrecillo canoso, el cual le preguntó qué llevaba en la cesta. Le  respondió Ulrico, que así se llamaba el joven:
—Patas  de rana.

A  lo cual le contestó el enano:
—Pues  patas de rana son y serán —y se marchó.

Al  llegar Ulrico a palacio, anunció que llevaba manzanas para curar a la princesa.  Se alegró el Rey y mandó que llevasen a Ulrico a su presencia. Pero, ¡oh,  sorpresa!, al abrir la cesta se vio que en vez de manzanas contenía patas de  rana, que aún se movían. El Rey se indignó y ordenó que lo echaran de palacio.

Ya  de vuelta a casa, contó a su padre lo que le había sucedido, y entonces el  hombre envió al segundo hijo, que se llamaba Samuel. Pero a éste le ocurrió lo  mismo que a su hermano mayor. También se encontró con el mismo hombrecillo, y a  su pregunta de qué contenía la cesta respondió:
—Cerdas  de puerco.

—Pues  cerdas son y cerdas serán —contestó el enano.

Cuando  Samuel se presentó en palacio afirmando que llevaba manzanas para curar a la  princesa, no querían admitirle, pues decían que ya había ido otro necio con el  mismo cuento.

Pero  Samuel insistió en que traía manzanas que curarían a la princesa y debían  permitirle entrar. Al fin le creyeron y lo llevaron ante el Rey. Pero cuando  abrió la cesta aparecieron cerdas de puerco. Fue tanto el enojo del soberano  que ordenó que lo echaran a latigazos.

Al  llegar el joven a su casa relató su aventura y mala suerte. Entonces Juan, el  hijo menor, a quien llamaban siempre el Tonto, preguntó a su padre si le  permitiría ir con las manzanas.

—¡Vaya  tontería! —dijo el padre—. ¿Cómo se te ocurre pensar que puedas conseguirlo?  Los listos salen malparados y tú pretendes salir airoso.

Pero  el pequeño insistió:
—De  todos modos dejadme probar.

—¡Márchate  de aquí, tonto! Tendrás que esperar a ser más listo -contestó el padre,  volviéndole la espalda.

Pero  Juan fue tras él, repitiendo:
—Dejadme  que vaya, padre.

—¡Por  mí puedes ir! Ya veremos cómo vuelves —replicó, al fin, el viejo.

El  muchacho saltaba de alegría al oírle.
—Sí,  tú siempre haciendo tonterías. Cada día eres más bobo —recalcó el padre.

Juan  no se enfadó por estas palabras y, como ya anochecía, pensó que sería mejor  esperar a la mañana siguiente. «Hoy no llegaría a la corte», se dijo. Pasó la  noche desvelado, y los pocos momentos en que pudo conciliar el sueño, soñó con  hermosas doncellas, palacios, oro y plata y otras cosas por el estilo. De  madrugada se puso en camino, y al poco rato se encontró con un enano gruñón  vestido de gris, que le preguntó qué llevaba en la cesta. Le respondió Juan que  llevaba manzanas para la hija del Rey y que comiéndolas se curaría.

—Bien  —respondió el hombrecillo—, manzanas son y manzanas serán.

En  el palacio real le negaron rotundamente la entrada, alegando que ya habían  venido otros dos jóvenes que decían llevar manzanas, y luego había resultado  que uno traía patas de rana y el otro cerdas de puerco. Pero Juan insistió y  rogó asegurando que no llevaba patas de rana ni mucho menos, sino las manzanas  más hermosas que crecían en todo el reino. Y como se expresaba con tanta  ingenuidad, el portero pensó que no podía mentir y le dejó pasar. Con lo cual  demostró ser muy cuerdo, pues cuando Juan abrió su cesta ante el Rey  aparecieron unas magníficas manzanas rojas. El soberano se alegró mucho y  dispuso que le llevaran inmediatamente algunas a su hija, mientras impaciente  esperaba el resultado.

Y,  en efecto, al cabo de muy poco rato vinieron a informarle. Pero ¿quién pensáis  que vino? Pues la princesa en persona, la cual, no bien hubo mordido una  manzana, saltó de la cama, milagrosamente curada. Es imposible decir con  palabras la alegría del Rey. Sin embargo, se resistía a dar su hija por esposa  a Juan, y, así, puso por condición al joven que antes de casarse con la  princesa tenía que construir una barca que navegara más rápida por tierra que  por agua. Juan aceptó la condición, regresó a su casa y contó a los suyos su  aventura.

Entonces  el padre envió a Ulrico al bosque a cortar madera para fabricar la embarcación  y el muchacho se puso al trabajo con entusiasmo y sin dejar de silbar. A  mediodía, cuando el sol se hallaba en lo más alto, se presentó un enanillo  canoso y le preguntó qué hacía:
—Cucharones  —respondió Ulrico.

—Pues  bien —dijo el enanillo—, cucharones serán.

Al  anochecer, creyendo el joven terminada la barca, quiso subirse a ella, pero  resultó que eran cucharones.
  Al  día siguiente salió al bosque Samuel y le ocurrió lo mismo que a Ulrico.

El  tercero fue Juan, el cual trabajó con tanto afán, que en todo el bosque  resonaban sus vigorosos hachazos mientras silbaba y cantaba alegremente. Volvió  a mediodía el hombrecillo, cuando más calor hacía, y le preguntó qué estaba  construyendo:
—Una  barca que navegue más rápida por tierra que por agua —y añadió que cuando la  tuviese terminada le concederían la mano de la princesa.

—Pues  bien —dijo el enano—: una barca será.

Al  declinar el día, cuando el sol se puso entre resplandores de oro, Juan había  terminado la construcción de la barca y de todos sus accesorios y, subiéndose  en ella, empezó a remar hacia palacio. La barca corría como el viento. El Rey  lo vio venir desde lejos, pero se negó de nuevo a entregarle su hija,  diciéndole que antes debía llevar a pastorear desde la madrugada hasta el  anochecer cien liebres y que si se escapaba una sola, no se casaría con la  princesa. Aceptó Juan, y al día siguiente salió al prado con su rebaño, vigilando  que ninguna liebre se escapase.

Al  poco rato se presentó una de las criadas de palacio a pedirle una liebre, pues  había llegado un forastero.
  Pero  el joven, dándose perfecta cuenta de que esto no era verdad, se negó a  entregársela, diciendo que el Rey tendría que aguardar al día siguiente para su  guisado de liebre. La muchacha, sin embargo, insistió, enfadándose al final.  Entonces Juan le dijo que daría una liebre con la condición de que fuese a  buscarla la misma princesa. Volvió la criada con el recado a palacio, y la hija  del Rey bajó al prado.

Entretanto  se había presentado a Juan el enanillo de la víspera, preguntándole qué estaba  haciendo. Él le dijo que tenía que guardar cien liebres, procurando que ninguna  se escapase y si lo conseguía se casaría con la princesa.

—Bien  —le respondió el enano—; aquí tienes este silbato; si se escapa alguna, no  tienes más que silbar y volverá en seguida.
  Cuando  vino la princesa, Juan le puso una liebre en el delantal; pero cuando se había  alejado no más de cien pasos, el muchacho hizo sonar el silbato, y la liebre  saltó del delantal de la princesa y, en un abrir y cerrar de ojos, estuvo otra  vez en el rebaño.
  Al  anochecer volvió a silbar el pastor y, después de comprobar que no faltaba  ninguna liebre, condujo la manada a palacio. El Rey se admiró al ver que Juan  había logrado llevar a pastar cien liebres sin que se escapase una. Sin  embargo, siguió negándose a entregarle a su hija y le dijo que antes debía  traerle una pluma de la cola del Grifo.

Juan  se puso inmediatamente en camino, andando en la dirección que le indicaba su  olfato. Ya oscurecido llegó a un castillo, donde pidió albergue, pues en  aquellos tiempos no había aún posadas. Lo acogió el señor del castillo y le  preguntó adónde se dirigía. A lo cual respondió Juan:
—Al  nido del Grifo.

—¡Oh,  al nido del Grifo! Te agradeceré que me hagas un favor, si es cierto que el  Grifo lo sabe todo, como dicen. He perdido la llave de un arca de hierro, y  quisiera que le preguntases dónde está.

—Con  mucho gusto —le respondió Juan—. No dejaré de hacerlo.

A  la mañana siguiente partió de nuevo y llegó a otro castillo, en el que pasó  también la noche. Cuando los moradores se enteraron de que iba en busca del  Grifo, le dijeron que tenían una hija enferma, y, a pesar de haber acudido a  todos los remedios imaginables, no había forma de curarla. ¿Podría él preguntar  al Grifo la manera de sanar a la muchacha? Juan se ofreció a hacerlo y  reemprendió la ruta.

Llegó  entonces a un río en el que, en vez de una barca, había un hombre altísimo y  fornido que pasaba a los viajeros de una a otra orilla. El gigante le preguntó  también a Juan por el objetivo de su viaje.

—Voy  al nido del Grifo —le contestó.

—En  ese caso —añadió el hombre—, si consigues encontrarlo, pregúntale por qué se me  obliga a llevar a los viandantes a través del río.

—Así  lo haré —prometió Juan.

El  hombre le levantó sobre sus hombros y le condujo a la orilla opuesta.

Poco  después llegaba Juan al nido del Grifo. Sólo encontró a la mujer, pues el  monstruo estaba ausente. La mujer le preguntó qué buscaba allí y el muchacho se  lo contó todo: que necesitaba una pluma de la cola del Grifo; que en un  castillo habían perdido la llave de un arcón y debía preguntar al Grifo por su  paradero; que en otro castillo había una muchacha enferma y deseaban que el  Grifo les indicase un remedio, y, finalmente, que a poca distancia de allí, en  la orilla del río, había un hombre encargado de pasar a los viandantes y quería  saber por qué tenia que hacerlo.

—Tened  presente, amigo —dijo la mujer—, que ningún cristiano puede hablar con el  Grifo, pues los devora a todos. Pero si te escondes debajo de su cama, cuando  esté bien dormido, podrás arrancarle una pluma de la cola. En cuanto a las  cosas que deseas saber, yo se las preguntaré.

Contento  por esta colaboración, Juan se ocultó bajo la cama. Al atardecer llegó el ave.  En cuanto entró en la habitación, dijo husmeando:
—Mujer,  aquí huele a cristiano.

—Sí  —respondió ella—, hoy vino uno, pero ya se marchó —y el Grifo no insistió.

A  medianoche, mientras dormía, roncando ruidosamente, se acercó a él Juan y, de  un tirón, le arrancó una pluma de la cola.
  El  monstruo se despertó sobresaltado y exclamó:
—Mujer,  huele a cristiano, y, además, diría que alguien me ha tirado de la cola.

—Estarías  soñando —lo tranquilizó su mujer—. Ya te dije antes que un cristiano había  estado aquí. Me contó muchas cosas. Parece que en un castillo han perdido la  llave de un arca y no la encuentran por ninguna parte.

—¡Qué  imbéciles! —dijo el Grifo—. La llave está en la leñera, detrás de la puerta,  bajo un montón de leña.

—Luego  me dijo también que en otro castillo había una muchacha enferma y no  encontraban el medio de curarla.

—¡Qué  imbéciles! —repitió el ave—. Debajo de la escalera de la bodega, un sapo ha  hecho un nido con sus cabellos; si la muchacha recupera los cabellos, sanará.

—Finalmente,  me contó que en un río hay un hombre condenado a pasar a todos los viandantes.

—¡Qué  estúpido! —exclamó el Grifo—. Si dejase caer a uno de ellos en el centro de la  corriente nunca más tendría que volver a cruzar a nadie.

De  madrugada se levantó el Grifo y se marchó. Entonces Juan salió de debajo de la  cama provisto de su hermosa pluma y habiendo oído todo lo que la prodigiosa ave  dijo. La mujer se lo repitió de nuevo para que no se le olvidase, y el joven  emprendió el regreso. Primero se encontró con el hombre del río, el cual le  preguntó en seguida qué le había dicho el Grifo. Juan le prometió que se lo diría  en cuanto le hubiese llevado a la otra orilla. Así que el hombre lo cruzó, el  muchacho le dijo que sólo tenía que dejar caer a una persona en medio de la  corriente y quedaría libre de su forzada ocupación. Contento el gigante quiso,  en prueba de agradecimiento, pasar de nuevo a Juan a la otra orilla y volverlo  a traer, pero éste le dijo que no quería molestarlo más y prosiguió su camino.  Llegó después al castillo en que residía la doncella enferma. Tomándola en  brazos, puesto que ella no podía andar, bajó las escaleras de la bodega y,  tomando el nido del sapo que estaba bajo el último escalón, lo puso en la mano  de la muchacha. En el acto saltó ésta al suelo, subiendo la escalera por su  propio pie, completamente curada. Sus padres sintieron una gran alegría y  obsequiaron a Juan con oro, plata y cuanto quiso llevarse. En el segundo  castillo, el muchacho fue directamente a la leñera, y, en efecto, detrás de la  puerta y bajo un montón de leña, apareció la llave perdida. Se la entregó a su  dueño, el cual, contentísimo, le recompensó dándole buena parte del oro que  guardaba en el arca, además de otras cosas, como vacas, ovejas y cabras.

Al  presentarse Juan ante el Rey con todas aquellas riquezas: oro, plata, vacas,  ovejas y cabras, el monarca le preguntó de dónde había sacado todo aquello y el  muchacho le respondió que el Grifo lo daba a manos llenas a todo aquel que se  lo pedía.

Pensó  el Rey que él también podría conseguir todas aquellas cosas y emprendió el  camino en busca del Grifo. Pero al llegar al río, sucedió que era el primero en  presentarse allí después de Juan, y el gigante, al pasarlo, lo dejó caer en  medio de la corriente, donde se ahogó.

Juan se casó con la princesa y se convirtió en  rey.


Comentarios
Publicado por nathaly
jueves, 08 de septiembre de 2011 | 18:44

Ely  esta muy bonito el cuentoMuchas risas Muchas risas Muchas risas Vacilando Vacilando Vacilando Guiño Guiño Guiño Flash Flash Flash sabroso sabroso sabroso Gestos con las manos Gestos con las manos Gestos con las manos Guiño Guiño Guiño Vampiro Vampiro Vampiro hacer pedazos hacer pedazos hacer pedazos Beso Beso Beso Amorrrrrrrrr Amorrrrrrrrr Amorrrrrrrrr