E. Castañeda
Algunos de ustedes, los que viven en la ciudad de Quito o han viajado allá, no habrán dejado de fijarse en una montaña pequeñita en la que se junta el centro y el sur de la ciudad; los conquistadores españoles le pusieron por nombre Panecillo, originalmente se llamaba Yavirak.
Pues bien, una vez, un anciano que vivía en el Panecillo, me contó esta historia que ahora yo se la cuento a ustedes.
Cuando los españoles llegaron al Cusco, después de haber matado a Atahualpa, arrancaron todo el oro que cubría las paredes del Kuri Kancha, fundieron las estatuas de oro puro del jardín que el Inca tenía en ese palacio, se rifaron los objetos sagrados y no quedaron satisfechos.
Dicen que los conquistadores sufrían una rara fiebre que, cuanto más oro obtuvieran provocaba más necesidad de conseguirlo.
Alguien les dijo, quizá para que dejaran de torturarlo, que el oro que buscaban estaba al Norte, en Quito, la ciudad de Atahualpa, donde el Inca hizo un templo de oro puro en la cima del Yavirak.
Los conquistadores corrieron hacia Quito en busca del templo de oro de Atahualpa.
Les costó llegar porque la resistencia fue muy fuerte.
Cuando llegaron a Quito encontraron la ciudad quemada. Rumiñahui había tomado a las ñustas y los tesoros de Quito y había huido hacia los Llanganates; antes de escapar había lanzado a los barrancos a quienes se pronunciaron por dialogar con los conquistadores.
Los españoles entraron a Quito donde no encontraron ni una pepita de oro, corrieron al Yavirak y hallaron que del templo de oro no había ni una seña. Rabiaron y maldijeron.
Enviaron grupos de traidores a perseguir a Rumiñahui y luego de mucho trabajo lo capturaron cerca de Sigchos.
Rumiñahui fue torturado sin descanso, le quemaron los pies y cuando no pudieron conseguir la información lo mataron.
Me contó el anciano que el templo de oro del Yavirak sigue allí, hundido en las entrañas de la tierra, custodiado por la madre de Atahualpa y guerreros con lanzas de oro que nunca duermen.
Me dijo el anciano, también, que en la puerta de entrada de la olla del Panecillo a veces se ve el resplandor de una luz mágica, que en ese momento, quien tenga la suerte de estar cerca, podría entrar hasta donde está el templo de oro del sol, pero deberá tener cuidado de convencer a los soldados del inca y a su madre, de que sus intenciones son buenas, de otra manera no podrá salir con vida de las entrañas del Yavirak.
El anciano cree que hay algunas personas que han entrado y han salido muy ricos, pero que son cuidadosos de exhibir sus riquezas y cuidan también de hacer con ellas buenas acciones.